Ni es su bonita letra, ni son sus robustos lomos.
Ni son sus llamativas tapas, ni sus delicadas hojas.
Ni con engastes de oro o con plata siquiera con platino lograrías tal belleza.
A lo sumo algún valor, y que pronto verías perder ese ‘valor’.
La belleza de un libro ¡Eres tú!
porque sabes leerlo, con esa gracia, con entusiasmo. Con adicción.
Te esfuerzas en entenderlo, aunque no lo entiendes.
Meditas en lo que te dice, sin hablarle le contradices.
Saboreas cada sentido de expresión, aprecias cada acento.
Cada énfasis escrito en su silencio, y mira cómo te deleita.
Sabes que su lectura te censura, con dolor lo aceptas.
Porque al pasar las hojas con tanta delicadeza, tus dedos le acarician
y en esas viejas hojas el perfume de tus carnes queda impregnado.
Pasará el tiempo y este conservará tu fragancia a través de los años.
Porque él oye como te susurras sus marcas y heridas grabadas a través del tiempo y sabe que te excitan. Siente como tus lagrimas le caen y manchan y penetran en sus viejas y desgastadas hojas.
Pasará el tiempo y el moho, el polvo, la oscuridad, la luz, devorarán el libro.
Tan solo un papiro apenas quedará , si es que permanece por tí.
Y en alguna ocasión de tu vida le recordarás
porque su lectura te agradó, te sorprendió. Amaste sus lecciones.
En los sitios mas inverosímiles, en tu vehemencia le intentarás encontrar.
Con vanos esfuerzos buscarás otro ejemplar y ese ejemplar
abrirás deseando sin poder volver a abrir aquél libro que tan profunda lección te dió.
La belleza de un libro eres tú.