Existen estudiosos que justifican el origen de la vida con estos, aquí, resumidos argumentos: caos, azar, y muchísimo tiempo; también se comenta de un “Ente”.
Puede resultar fácil publicitar y comentar a una serie de personas receptoras que primero fue un caos, luego el azar entro en acción y al cabo de muchos millones de años la vida surgió espontáneamente. Saberes como la lógica, la matemática, el don de interpretar inteligencia abstracta, el habla, la escritura, la conciencia, el raciocinio…; parece mentira leer como meten a todos estos dones, y algunos más, en el mismo saco: La Evolución.
Observamos la vida cambiante y esto nos recuerda a una evolución. Observamos el crecimiento y esto nos recuerda a una evolución. Pero es necesario manifestar que no tiene nada que ver una evolución propia y calculada y esperada con una evolución ciega y casual. No tiene nada que ver un crecimiento lógico con un crecimiento espontáneo. ¿Confundiríamos el crecimiento espontáneo de una palomita cocinada en un microondas, con el esperado bebe tras la ‘milagrosa’ gestación de nueve meses? –algunos se atreverían-.
¿Seriamos tan tontos de mal interpretar el rápido crecimiento de un hongo y confundirlo con el poner de una Gallina?
El átomo y la célula son dos colosales estructuras súper organizadas. El profano que se aventura a investigar queda admirado de la sabiduría inyectada en estas ‘invisibles’ maravillas. Parecen olvidar también la complejidad de ADN. Millones de dólares y de euros para decodificar una colosal biblioteca destinada a crear vida. Me chifla escribir que también se doto de ‘sabiduría’ para otorgar inteligencia a su procreación. Seria estúpido preguntar porque el ADN humano es único en su clase.
En estos argumentos entra en juego ese supuesto “Ente”; estudiosos que no tienen ni idea de explicar fuera de los papeles diseñados, que es ese Ente y como vino a existir después de Caos y de un Azar.
La fe que tengo en un cirujano me permite ponerme en sus manos gracias a dos principales razones: su experiencia y su conocimiento. Las conservadas vías férreas en medio de un desolado lugar me permiten tener confianza en que de vez en cuando pasa un tren por ese lugar.
Existen dos experimentos que son un clásico y contra estos dificilmente se puede razonar en su contra. El primero consiste en arrojar al suelo todas las fichas del Domino y esperar a que estas se coloquen correctamente. No en su caja, más bien que cada puntuación coincida con la suya, llegando a formarse casualmente el juego. Pueden esperar todos los millones de años que deseen. El otro es el exitoso experimento de Francesco Redi “demostró que los insectos no nacen por generación espontánea”. Lamentablemente a pesar de ese avance “la gente seguía creyendo en la generación espontánea”, y además “se vio obligado a admitir que en ciertas ocasiones sí se podía dar la generación espontánea”.
Mas tarde Pasteur dejo fuera de dudas cualquier resquicio sobre la supuesta vida espontánea. En 1864 dijo: “Nunca se recobrará la doctrina de la generación espontánea del golpe mortal que le ha infligido este sencillo experimento”. Y así sigue siendo.
La Biblia no es un libro de Ciencia. Es un libro concebido con dos ideas básicas. La primera educarnos moralmente desde el punto de vista del Creador, y luego dar a la humanidad las instrucciones necesarias para que puedan ser salvas. Sin embargo la Biblia es singular al momento de hablar algún matiz que pertenezca al campo de la Ciencia. Es como si quisiéramos meter la pelota en el agujero más lejano con el primer golpe. Cuela a la primera.
Una de las primeras leyes científicas descritas en la Biblia es esta: “Todo objeto sobre el que cayere uno de estos cadáveres será manchado; y los utensilios de madera, vestidos, pieles, sacos, todo objeto de uso, será puesto en agua y será inmundo hasta la tarde” Levítico 11:32.
Palabras que describen el cuidado que debían tener con todo aquello que tocara un cadáver. Escritas, supuestamente, cerca del 1450 antes de Jesucristo (era común) y unos 3200 antes de los modernos descubrimientos sobre la cuestión.
Ciencia, fe, y Dios.